No es fácil encontrar las palabras para describir la experiencia de representar a tu país en un torneo deportivo.
Sin importar la disciplina, el sentimiento de orgullo es el mismo. Estoy seguro de que muchos atletas saben a lo que me refiero. La próxima semana tengo la tarea de vestir la camiseta Vinotinto en lo que será mi debut en un Clásico Mundial de Béisbol.
No es la primera vez que llevo la bandera de mi querido país
Desde los nueve años, las Pequeñas Ligas me dieron la oportunidad de participar en eventos que me llevaron a lucir uniformes de selecciones en competencias estadales, nacionales e internacionales.
Fueron muchas las emociones que viví en esos pequeños estadios, donde desde las empolvadas gradas mi madre y mis hermanos me aupaban para verme conectar un jonrón, correr las bases o hacer una gran atrapada.
Gracias a esas vivencias cada vez me fui enamorando más del béisbol. La euforia y los aplausos, los triunfos y las derrotas; la alegría y hasta las lágrimas son elementos que se saborean en estas competencias protagonizadas por niños y jóvenes que sueñan en grande.
No puedo olvidar aquel torneo estadal en 1995
Tras ganar la final, logré los títulos de Campeón Bate y Jugador Más Valioso. Tenía tan solo nueve años, pero esos primeros reconocimientos me dieron la confianza que necesitaba en ese momento para mejorar cada día y comenzar a perseguir mi sueño de ser grandeliga.
Margarita, Cojedes, Valencia y La Guaira fueron algunas de las localidades que recorrí para demostrar mi talento y mis ganas de jugar pelota.
Poco a poco, todos esos torneos fueron subiendo de nivel, hasta el punto de enfrentarme a los que son hoy grandes figuras del béisbol venezolano.
En uno de tantos juegos me tropecé con Félix Hernández, a quien enfrenté en unas eliminatorias entre Coquivacoa y Flor Amarillo por el campeonato nacional.
Está fresco en mi memoria aquel cuadrangular que le conecté a quien hoy en día es el “Rey” de Seattle. A lo mejor él también lo recuerda.
Con 15 años, viajé por primera vez al extranjero representando el tricolor
La final en el Latinoamericano (Aruba, 2001), contra Panamá, fue dura, pero llegar a la gloría valió todo el sudor que expelimos. Un batazo que disparé para empatar revivió las esperanzas de una Venezuela que no creía en nadie y más tarde en mis piernas llegó la carrera de la victoria. Nuestro pase a Kissimmee (Florida) estaba en nuestras manos.
Más tarde en el mundial de Pequeñas Ligas tuve el honor de conocer, entre otros peloteros, a quien es mi compañero en los Rockies y amigo, Troy Tulowitzki.
Aquella cita en Kissimmee fue crucial en mi carrera, gracias a que en esos juegos llamé la atención de la primera persona que vio en mí un gran potencial, Miguel Nava, a pesar de que el día que me conoció me fui en blanco con dos ponches. Pero así es el béisbol de extraordinario e inesperado.
Son centenares de memorias
Lo importante es que comprendan que fue el sentimiento por dejar el nombre de mi país en alto lo que me convirtió en el pelotero que soy hoy. Amo la competencia y más aún ser un orgulloso representante de la camiseta Vinotinto. ¡Arriba Venezuela!
Hasta la próxima.


